Cuando observas jugar a tu hijo, ¿te preguntas qué hace realmente? Bueno, para decirlo de una sola vez: está aprendiendo a vivir.

En la psicología infantil, se llama a la primera infancia “la edad del juego”. A través del juego, los niños aprenden a expresar sus necesidades y sus conflictos, conocerse a sí mismos y a los demás. Jugando despliegan su imaginación, su iniciativa, se ejercitan en el manejo de las cosas y los materiales, y principalmente desarrollan su capacidad para transformar el mundo, disfrutando con sus descubrimientos e invenciones.

A los dos o tres meses pueden jugar con su manita, para luego descubrir el bracito, más adelante sus otras extremidades. No tardarán mucho en poder tomar objetos con sus manos y llevar a la boca todo lo que puedan…

En realidad, lo que los niños aprenden cuando juegan les servirá en su vida adulta y es en esos juegos infantiles donde se muestran los primeros rasgos de su personalidad, sus talentos y su vocación; y como lo dicen educadores y especialistas, buenos momentos de juego en la infancia ayudarán al crecimiento y desarrollo de esa personita en la niñez y la adolescencia.

Por ello no se debe subestimar el valor del juego, sino, al contrario, ofrecer a los pequeños las oportunidades más adecuadas, con buena disposición y humor y, si es posible, compartir con ellos algunos momentos jugando juntos.

Sin embargo, las exigencias de la vida moderna no nos dejan mucho espacio para jugar con nuestros hijos o con los pequeños de la familia. Destinamos al trabajo muchas horas por día y cuando los niños van creciendo, les programamos actividades para que tengan el tiempo ocupado. Si están mucho tiempo solos y tienen en casa un ordenador o una consola de juegos, pueden aparecer algunos problemas relacionados con el sedentarismo y la obesidad, a la vez que incorrectos hábitos alimentarios.

Muchos padres y madres, al llegar a casa, están tan cansados, que no tienen ganas de jugar. Esperan a tener tiempo libre, pero cuando aparece, o no saben muy bien qué hacer con él, o se encuentran con grandes limitaciones, falta de espacio, cuestiones de economía…

Es que estamos demasiado acostumbrados a considerar el ocio como algo improductivo en esta cultura en la que “el tiempo es oro”.

Entonces, ¿por qué no programar el ocio como un tiempo para “no hacer nada”, simplemente estar juntos? La creatividad surgirá naturalmente y el deseo de jugar también; no hacen falta juguetes costosos ni complicados, ni gastar demasiado dinero en el parque de diversiones. Es una oportunidad y también un verdadero desafío, recuperar junto a nuestros hijos el placer por el juego sin condicionamientos, y esa creatividad que todos tenemos pero que parece adormecida por la rutina, las obligaciones y las preocupaciones.

También podemos pensar en algún paseo que incluya una visita a un museo interactivo, un sitio con juegos de trepar y saltar, zonas de ocio, ciudades infantiles y muchas otras opciones más que seguramente podremos encontrar.

La propuesta que les hacemos desde aquí es recuperar el ocio creativo, proporcionando a los niños momentos y actividades para compartir, conectándonos con lo mejor de nosotros mismos, redescubriendo el mundo junto con los más chiquitos.

No se trata de entretenerlos sino de contagiarnos del espíritu del juego y disfrutar juntos de esos escasos, y por lo tanto valiosísimos, momentos de ocio de los que podemos disponer.

Una tarde de picnic y una pelota, o si preferimos quedarnos en casa, juegos de mesa como puzzles o el Juego del Parchís… crayones y papel para dibujar y pintar… sólo es cuestión de activar la imaginación y por supuesto, cámara fotográfica en mano, pues esos momentos inolvidables deben quedar plasmados para siempre.